Crónicas de México

Muerte Natural

Prevenciones, unas en tono admonitorio y otras en clave de consejo amenazante, recibe aquel que comparte su intenci?n de viajar o de instalarse en el antiguo Distrito Federal. No es que la escalada de violencia sea on?rica ni que la inseguridad abandone al reci?n llegado, pero lo que nadie comunica al forastero es que la muerte en el DF deambula de forma distinta a la esperada, es una constante de par?metros accidentales, de despistes evitables, de elementos oblicuos que se pueden sortear de soslayo. La muerte, al menos en la Cuidad de M?xico, tiene un rictus atl?tico, espiritoso, fr?volo, fortuito, eventual. No llega, por norma, al invisible ciudadano medio (ni al medio-alto) con esa violencia comprimida en el fogonazo, afilada en blanco o amordaza en el secuestro que encoje clav?cula y hombro al primer mundo; el fin aqu? es m?s profano.

Una suerte de complejo de torpeza se instala en el novato capitalino que asume, de manera inconsciente y a la vez cierta, que ya no sabe andar. Sus pasos se vuelven una colisi?n constante que interrumpe conversaci?n y ritmo. Se tarda unos d?as en caer en que tal desequilibro no nace ni del jet lag, ni del cambio de altitud, ni si quiera de una descomposici?n del propio laberinto auricular; uno por fin tropieza con la exterioridad indiscutible de un escal?n de medio metro seguido por un agujero digno de un roedor de ciencia ficci?n al que espera, no m?s all? de tres zancadas, el resto oxidado de una (uno imagina) se?al de tr?fico, residuo menos maligno que el pr?ximo saliente, fierro omitido de alg?n invento u obra que no se pudo acabar. El novato entonces recupera la confianza y la coordinaci?n echando por tierra a la muerte: un saltito aqu?, un saltote all?, un desv?o ah?, all? no, mejor por ac?. Con el consejo de una prima sabia presente ?andar derechito, evitar la cara de turista, no dejar la cabeza suelta en todas las direcciones? el viandante se engalla hasta percibir que la muerte no es terrestre.

 Que es vol?til se presiente de la misma manera que se intuye al mosquito, como una salmodia entre imaginada e hipn?tica. Luego, en una reacci?n parasimp?tica, el cuerpo toma la delantera al seso y se contrae, se achica. Rodeando la tentaci?n de desabrochar los ojos de excursionista, uno persigue el siniestro zumbido para dimensionar el peligro que ya sospecha galv?nico. La persecuci?n es diminuta. Un cable aparece frente m?, a mi altura espa?ola bajita, que hago pie en medio de la isla plana que me sostiene en la acera. Me aseguro de que no hay humano turbio alrededor y levanto la cabeza: el hilo que cuelga se desprendi? del ultim?tum el?ctrico y a?reo; ar?cnidos de fibra ?ptica, de cobre, de colores, sin toma de tierra, quien sabe si de alta tensi?n, arrebujados en los postes cruzando entre la madera de los ?rboles no del todo ignorantes de la amenaza de una chispa. Consciente de la carga electrost?tica, uno comienza a andar contracorriente, es decir, agach?ndose antes de morir por decapitaci?n y dobleg?ndose erizado antes la posible chamusquina.

El reci?n llegado, despu?s de las primeras semanas, ya sabe qu? significa poder morir de un putazo, de un chingazo, de un madrazo, guillotinado o electrocutado y, sobre todo, habr? dejado de juzgar los extra?os andares de los aut?ctonos.

Sin embargo, si el viajero prolonga la estancia o si vino para ser habitante, la muerte le seguir? sorprendiendo an?nima, anodina, con esa trivialidad casi insultante. Comprender? que se puede morir simplemente empachado, ni envenenado, ni intoxicado, ni deshidratado por una colitis, presa de la seducci?n que la muerte disfrazada de gula ofrece en cada esquina: unas tortas, unos taquitos, un pan de pi?a, todas las frutas del puesto, el se?or con los camotes ?boniatos?? el otro con los elotes ?mazorcas de ma?z?, o el de los tamales. Tambi?n puede fallecer sin haber comido, solo por mirar las viandas en vez de al suelo o al cielo; o del susto, infartado, porque todos los vendedores anuncian sus productos con mucho ruido, chiflos, sirenas, pitidos, campanas, cascabeles, meg?fonos, maullidos.

Si logr? sobrevivir hasta aqu? felicidades pero no se piense inmortal. El extranjero que no aprenda a mirar a ambos lados de la calle a pesar de que sea de un ?nico sentido puede ser atropellado por la ma?a capitalina de conducir marcha atr?s y acelerando toda una calle o arrollado por insensato al interrumpir el tr?fico cuando el sem?foro es favorable al peat?n. Tambi?n se puede morir por asfixia en hora punta en el metro o en el metrobus, o ahogado en una furia de las lluvias de verano o si tiembla la tierra, pero eso ya es ponerse demasiado grave.

Lo extra?o es lo r?pido que uno se acostumbra a esto, como si un animalito interno se reanimara, como si lo expl?cito de la amenaza constante, insulsa y cotidiana le urgiera a defender la vida en vez de la supervivencia. Asusta sentir que se despereza, plantearse hasta qu? dermis hab?a llegado el cloroformo y asusta m?s pensar que sea esa la manera de desentumecerse. No hay m?s tiempo para desentra?ar la forma de estar despierto sin tener que estar permanentemente alerta, de decidirse a vivir sin sentirse amenazado, de saberse mortal. Lo extra?o es sentir cuando uno vuelve ?y pasea sobre los cables soterrados, las aceras rebajadas, los comercios reglados, los coches con educaci?n vial? que todo parece un decorado; naturaleza domesticada que permite una vida m?s all? de la supervivencia y, sin embargo, el mismo n?mero de supervivientes aqu? y all?.[1]


[1] Como ciudadanos, tanto en el sentido de habitantes de una ciudad como en lo relativo a integrantes de una sociedad pol?tica, no solemos reflexionar sobre la importancia de los espacios p?blicos. El espacio p?blico, su arquitectura, su dise?o influyen de forma decisiva en aspectos esenciales de nuestra vida. Como extranjero uno se encuentra de repente ante una configuraci?n que parece dada de antemano, pero la ciudad se ha ido construyendo poco a poco, atravesando retos que han impuesto, propuesto, tra?do sus habitantes, sus dirigentes, sus enemigos, sus aliados y, por supuesto, la naturaleza, su geograf?a, su clima? Para reflexionar acerca de los espacios, de los espacios p?blicos, de los privados, de los ?ntimos recomiendo a Richard Sennett y a Jos? Luis Pardo. Construir y habitar: ?tica para la cuidad, (2019, Anagrama Editorial) es el ?ltimo libro de Sennett; este autor lleva a?os trabajando sobre c?mo afecta a nuestra vida el entorno urbano en el que vivimos, sobre los valores urban?sticos o sobre la evoluci?n de la planificaci?n urban?stica a lo largo de la historia. Jos? Luis Pardo es una lectura imprescindible; en sus libros podemos encontrar una reflexi?n sobre la esfera p?blica ?Pol?ticas de la intimidad. (Ensayo sobre la falta de excepciones), 2012, Escolar y Mayo Editores?, la confusi?n de esta esfera con otras como la ?ntima o la privada ?La intimidad. 1996, Editorial Pre-Textos? y el deterioro de la misma ?Ensayo sobre el malestar: pol?ticas de autenticidad en las sociedades contempor?neas. 2016, Anagrama Editorial)?. Tambi?n es excepcional su pensamiento acerca del espacio y de los espacios como en su libro Sobre los espacios. Pintar, escribir, pensar. 1991, Ediciones del Serval. 
[1BIS]Pensar en la Ciudad de M?xico del siglo XI, XII o XIII como una ciudad entorno a un lago, una especie de Holanda llena de canales y diques que resolvi? su crecimiento mediante la adhesi?n de tierras flotantes, chinampas, me fue posible hace pocos d?as ?navegando? por Xochimilco, los canales que hay al sur de la ciudad; a parte de la atracci?n tur?stica sorprende ver que hay vecinos reales cuyas casas est?n a las orillas de los canales que cruzan en barcas, trajineras; individuos que compran en comercios flotantes o para quienes el cami?n de la basura es acu?tico. 
La ciudad que encontraron los espa?oles ya hab?a sido redise?ada dos veces por el mismo motivo, el agua, dos inundaciones muy importantes una en 1449 y otra en 1499. La soluci?n que encontraron para la primera fue construir un muro para la contenci?n que separaba mediante un dique gigantesco lagos de agua dulce y de agua salada; para solventar la segunda se decidi? elevar el nivel del suelo entre dos y tres metros, una remodelaci?n integral de la ciudad. Hern?n Cortes mantuvo la capital en la isla a pesar de los riesgos de inundaci?n y de hundimiento del suelo y comenz? el dise?o reticular sobre la base en cruz prehisp?nica. Los espa?oles ante otra fuerte inundaci?n en 1555 repitieron la creaci?n de otro dique; las inundaciones de 1604 y de 1607 fueron definitivas para llevar a cabo lo que hasta entonces s?lo hab?a sido una idea: drenar la cuenca. Despu?s de otra seria inundaci?n en 1629 se inici? otra gran obra de drenaje dise?ada como un canal a cielo abierto. 
Estas mismas soluciones ?creaci?n de diques, elevaci?n de suelo, drenaje de la cuenca?, que se han ido repitiendo a lo largo de la historia de la ciudad han creado un problema, todav?a actual e irresuelto, de intensidad y peligro exponencial para sus habitantes que tiene dos polos de tensi?n naturales, el agua y la tierra, y dos puntos de intersecci?n urbana, social y sanitaria: la falta de agua y los problemas de drenaje tanto de aguas limpias como de aguas negras. Los ?ltimos ejemplos de estas estrategias de control del agua, as? como de estabilizaci?n del suelo tuvieron lugar entre las d?cadas de 1940 y la 1960. En los a?os 40 comenz? el entubamiento de los r?os que se prolong? hasta los a?os 80 y que influy? en el paisaje de la capital y facilit? el transporte gracias al dise?o de grandes avenidas, pero que convirti? los r?os en caudales de aguas negras; durante la d?cada de 1960 ese inici? un drenaje profundo de la ciudad que concluy? en la d?cada de 1990. 
Lo cierto es que todas estas decisiones, sin duda econ?micas y funcionales para cada uno de los gobiernos de cada ?poca, colocan hoy en d?a a la Ciudad de M?xico en una situaci?n complicada. Por una parte, la fragilidad de su suelo arcilloso a causa de los continuos drenajes la hacen mucho m?s peligrosa en el momento de un terremoto. Tambi?n las continuas elevaciones del suelo, los diques y los drenajes han configurado una ciudad que se hunde desde mediados del siglo XIX, hoy en d?a seg?n estudios del Instituto de Ingenier?a de la UNAM una media de entre 8 y 12 cent?metros al a?o. Por otra parte, en una ciudad donde las precipitaciones son muy abundantes existe un problema de restricciones y de falta de agua sin que el motivo sean las sequ?as. 
El problema es que no se cuenta con una forma de recolectar el agua de manera eficiente ni con planes estatales que aborden la complejidad del problema. La cantidad de precipitaciones tambi?n deja al descubierto el grave problema de drenaje de la ciudad; el asfalto no permite el drenaje del agua, y el suelo secado a base de diques, elevaciones del suelo, el drenaje continuo de la cuenca desde la ?poca hisp?nica, el entubamiento de los r?os y el soterramiento de los canales han dejado a la tierra sin ninguna forma natural de absorber el agua que el cielo regala generosamente a esta ciudad en la ?poca estival. Para pensar sobre este problema, agravado adem?s por el cambio clim?tico, recomiendo escuchar el cap?tulo ?Depave Paradise? del podcast 99% Invisible. 

Cap?tulo de 99% Invisible

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.