Alzheimer

Límites y expectativas sobre la medicación del Alzheimer

Las personas enfermas de Alzheimer o que sufren otro tipo de demencias comparten una problemática farmacológica similar con los pacientes que tienen desordenes mentales leves o severos, es decir, con los pacientes que toman medicación psiquiátrica. Muchos de los enfermos con demencia toman antidepresivos y antipsicóticos (neurolépticos) como tratamiento habitual. Además de las características normales de muchos de los fármacos psiquiátricos –períodos largos de adaptación a la medicación (3-8 semanas), ajustes continuos en la medicación, efectos secundarios (como somnolencia, sequedad de boca)– hay que sumar a esto la falta de capacidad del enfermo de Alzheimer a exponer cómo le está sentando el medicamento, si está peor, más triste, si se siente atontado o le deja más pasivo.

Tres son los puntos importantes con respecto a este tipo de medicación en los pacientes de Alzheimer: el primer punto es si los síntomas por los que la medicación ha sido pautada son reales, es decir, si verdaderamente hay delirios o si eso que llamamos “delirio” se debe a una percepción del tiempo y del espacio característica de la enfermedad. El segundo punto, es saber a quién provoca malestar (o peligro) ese tipo de estados si es de verdad al enfermo o las personas que le cuidan o a las instituciones dónde están. Y tres, qué perseguimos con la medicación si aliviar al enfermo o hacerlo más controlable.

Quizá esto te parezca un poco exagerado, pero realmente, al igual que ha sucedido durante mucho tiempo con la intervención farmacológica en psiquiatría, se ha primado la “docilidad” del paciente antes que su bienestar. Es cierto que en muchos casos es necesario un tratamiento coadyuvante para los signos de depresión o para la angustia que conlleva no percibir bien la realidad por parte del enfermo de Alzheimer o cuando hay una especie de delirio psicótico con agresividad, pero en muchas ocasiones no nos encontramos con estos cuadros o nos encontramos con cuadros leves de depresión y también de lo que se puede considerar alucinaciones o delirios (sin que lo sean).

Sin embargo, muchas de estas cosas que llamamos “alucinaciones o delirios” responden a otros factores propios de la enfermedad. Por ejemplo, si el enfermo no se reconoce en el espejo puede asustarse o puede entablar una conversación con el desconocido o angustiarse por no saber qué pasa consigo mismo. Cosas como estas no son alucinaciones o delirios como tampoco lo son la idea de pensar que está en otro lugar o tiempo o que su madre sigue viva cuando murió hace tiempo. Estos son “desasjutes” con respecto a la realidad que son fruto directo del funcionamiento de sus capacidades cognitivas que empiezan a funcionar como una especie de collage o de mosaico.

Si pensamos que los medicamentos psiquiátricos están diseñados para eliminar estos síntomas, estamos equivocados. Si pensamos que el enfermo ha de estar lo más pasivo posible para evitar estas cosas que le pasan, estamos equivocados.

Los fármacos psiquiátricos en la mayoría de los casos ayudan a aliviar, que ya es muy importante, la angustia o la tristeza del paciente ante un mundo que se desmorona ante sus ojos, que no recuerda o que no entiende, con el que no puede interactuar. Pero no harán que la persona enferma deje de desubicarse en el tiempo o en el espacio, a olvidar las cosas o a perder su iniciativa propia.

Visto de esta manera hay dos tendencias, una que pretende encontrar la dosis mínima que proporcione suficiente bienestar al paciente sin anular su actividad sea esta la que sea dependiendo del estado y del estadio de la enfermedad en el paciente y otra que espera dejar al paciente lo más “tranquilo” posible (y por esto se suele entender sin las mal llamadas “alucinaciones”) poco reactivos, no muy activos por si acaso anda solo o se levanta o tiene algún tipo de iniciativa que requiera de más atención y esfuerzo por parte de quien le dispensa la ayuda o supervisión (sea un familiar, un cuidador o una residencia o una institución).

Evidentemente mi opinión al respecto es clara: tanto los especialistas como la familia han de buscar las dosis mínimas que ayuden a la persona enferma a tener un nivel de tristeza o de angustia/ansiedad menor, pero estableciendo como límite sano que pueda mantener la “mayor” actividad normal posible.

Esto significa que también los cuidadores y los acompañantes de la persona enferma tendrán que “permitir” que ciertas cosas ocurran; por ejemplo, si el enfermo está en una etapa de deambulación en la que es típico estar moviéndose mucho y, muchas veces, de forma errática tendremos que ser consciente de lo que está sucediendo y no pretender que no suceda. En esos casos, en los que se den comportamientos conocidos y tipificados de la enfermedad tendremos que ayudar al enfermo de otras maneras, buscar formas de acompañarlo y de aliviar su desasosiego sin “anestesiarlo”, “dormirlo” o “anularlo”.

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